cromets #d'articles

cromets
de color
de col.lecció
navegants
contacta
arxius
 
Dissabte, 16 de novembre

Javier Sampedro ( Babelia/ 16-11-02) . La resta dels articles dedicats a aquest tema apareixen també en aquest número: l'entrevista
a Steven Pinker, i els articles de Jesús Mosterín ( Un brindis por la naturaleza humana) i el de Claudio Magris (Margaritas, orquídeas y el poder de los genes)

El fin de un mito

language La teoría de que la mente nace como una tábula rasa para poder ser moldeada en cualquier sentido por la cultura hunde sus raices en Aristóteles, debe su renacimiento al filósofo británico John Locke y sigue en gran medida vigente en las ciencias sociales. Cualquier sugerencia de que la herencia y los dispositivos innatos del cerebro tienen alguna relación con el intelecto y el comportamiento suele ser aplastada por reaccionaria, y no sin fundamento histórico.

Sin embargo, desde que Chomsky formuló en los años cincuenta la gramática generativa, y su corolario de que la capacidad del lenguaje es un órgano cerebral innato, las neurociencias han dibujado un panorama por completo incompatible con la tábula rasa. La mente humana nace equipada con todo tipo de circuitos especializados, y es gracias a ellos que podemos no solo hablar, sinó tambien pensar, sentir, imaginar, predecir y formarnos y formarnos una teoría del mundo.

Los libros de Steven Pinker
traducidos al castellano ( Cómo funciona la mente, en Destino, y El instinto del lenguaje, en Alianza) ya presentaron los argumentos científicos sobre la estructura innata de la mente humana. Su obra más ambiciosa, The Blank Slate ( la pizarra en blanco), recien editada en inglés por Viking, es un elocuente manifiesto que quiere animar a los lectores de cualquier formación y tendencia a aceptar esas evidencias sin renunciar a un milímetro de sus convicciones democráticas, igualitarias y humanistas. Así lo ve Pinkerr: "Si no queremos abandonar valores como la paz y la igualdad, ni nuestro compromiso con la ciencia y la verdad, haremos mejor en desvincular esos valores de unas propuestas sobre nuestra constitución psicológica ( las derivadas de la tábula rasa) que son susceptibles de refutación".

Pinker rechaza que la aceptación de la estructura innata de la mente deba conducir a los desastres que predicen sus críticos, y nos propone un humanismo informado biológicamente que confirme que las capacidades universales de nuestra especie se imponen siempre a las diferencias superficiales que alimentan todo racismo; que nos lleve a tratar a las personas con arreglo a cómo se sienten, y no como arreglo a lo que alguna dudosa teoría dice sobre cómo se deberían sentir; que nos permita identificar mejor el sufrimiento y la opresión debajo de los argumentos tranquilizadores del poder; que nos ajude a desconfiar de los reformadores sociales empeñados en salvarnos,a apreciar más que nunca el inmenso logro histórico que supone la democracia y a admitir con menos complejos las intuiciones que el arte y la literatura nos han revelado sobre la condición humana durante milenios. Como escribió Chéjov : El hombre se volverá mejor cuando le muestres cómo es

Enllaços sobre Steven Pinker ( articles, entrevistes...)

1.Steven Pinker
2. Steven Pinkker

Enllaços sobre el tema:
The Warburg Institute Library
impatto di Internet sul testo scritto, la lettura e la diffusione della conoscenza.

cromets 3:26 p. m.
 
Dimecres, 13 de novembre

La niña que arruinó la vida de un hombre Suplement "Cultures"/ La vanguardia 13-11-02

Mauricio Bach

Recuerdo una clase magistral dictada hace años por Malcolm Bradbury en Cambridge a la que asistí: Bradbury, que como profesor de literatura en la universidad de East Anglia tuvo a muchos de los escritores de la nueva narrativa inglesa como alumnos y ejerció el papel de padrino de esa generación, evocó la figura de un joven introvertido y tímido cuyos primerizos pinitos literarios en forma de relatos resultaban altamente perturbadores por la deriva macabra y perversa de una imaginación que ya se adivinaba poderosa. Ese joven era Ian McEwan.

Han pasado muchos años desde aquella etapa de aprendizaje. McEwan ya no es joven (nació en 1948) y se ha consolidado como uno de los grandes escritores británicos del presente. Ese elemento perturbador del que hablaba Bradbury estaba omnipresente en sus primeros libros –los volúmenes de relatos “Primer amor, últimos ritos” y “Entre las sábanas” y las novelas “Jardín de cemento” y “El placer del viajero”–, y ha seguido merodeando en su universo literario, aunque de una forma más sutil.

Ian McEwan consiguió un primer logro mayor con “El inocente” y repitió más tarde con “Amor perdurable”. Después de esa novela de envergadura sobre el delirio amoroso, el autor británico sorprendió con “Amsterdam” que, pese al premio Booker con el que fue galardonado, no dejaba de ser un divertimento bien resuelto; un respiro que parecía concederse el escritor tras el enfermizo clima de “Amor perdurable”.

Con “Expiación” regresa el McEwan más ambicioso y logra el que con toda probabilidad es su mejor libro hasta la fecha. La novela está dividida en cuatro partes, la primera de las cuales, cuya acción se desarrolla en un solo día, dobla en longitud a las dos siguientes, mientras que la cuarta, mucho más breve, funciona a modo de epílogo que cierra la historia con una definitiva vuelta de tuerca.

La narración arranca el día más caluroso del verano de 1935, en la mansión de la familia Tallis en la campiña inglesa. El padre, como suele ser habitual, está ausente, trabajando en el Ministerio en Londres. Una de las hijas, Briony, de 13 años, tocada por el vicio de la literatura, prepara la representación familiar de su primera obra de teatro, “Las tribulaciones de Anabella”, mientras a su alrededor se mueven los otros habitantes de la casa: su hermana mayor Cecilia, que estudia en Cambridge; su hermano Leon, que llega ese mismo día de la universidad con su amigo Paul Marshall, un joven y altivo millonario; Robbie, el hijo de la criada de la familia, al que el padre de Briony le ha financiado los estudios y que sueña con ser médico, y los tres primos cuya madre se ha marchado a París con un amante: Lola, una quinceañera con aires de nínfula, y los dos gemelos.

Las horas transcurren con esa placidez adormilada propia del estío, sin que a primera vista sucedan grandes cosas. Pero el lector pronto intuye que en ese bucólico cuadro veraniego larva la tragedia. Dos hechos turban la paz del día: la rotura de un jarrón dieciochesco valioso en lo económico y en lo sentimental, y la escena que se desarrolla en la pileta del jardín, en la que ante un Robbie de gestos aparentemente autoritarios, Cecilia se desnuda y, en ropa interior, se sumerge en el agua.

La imaginativa Briony contempla la escena desde una ventana, y de las conclusiones que saca de ella y de la lectura del borrador de una carta enviada por error se derivará un drama y un sentimiento de culpa por el daño causado a cuya expiación hace referencia el título de la novela.

La ambientación de esta primera parte en 1935 y alguna vaga referencia a Hitler no son casuales. La segunda y tercera partes del libro acontecen en plena guerra y en estas páginas McEwan plasma una violencia sin paliativos que contrasta con la más difusa aunque omnipresente de la primera parte. En estas dos partes seguimos el periplo de Robbie, soldado del ejército británico que se bate en retirada con destino a la carnicería de Dunkerque, y el de Briony, que ejerce de enfermera en Londres, atendiendo a los heridos de guerra.

Reencuentro en 1999

La cuarta y última parte está ambientada en 1999 y en ella el lector reencuentra a una Briony ya anciana a la que los médicos le han informado de que está perdiendo la memoria. La niña de 1935 se ha convertido en novelista y su dedicación a la literatura es una clave que permite entender y reinterpretar las cuatrocientas páginas anteriores.

Dueño ya de un dominio apabullante del oficio que le permite perfilar personajes de gran complejidad psicológica y modular con mano maestra situaciones de tensión latente –de lo que es un ejemplo antológico el “tour de force” de la primera parte–, McEwan se permite rendir homenaje y repasar la tradición literaria británica con una serie de guiños que el lector anglófilo sabrá apreciar.

En “Expiación” van apareciendo desde explícitas referencias a la “Clarisa” de Richardson, a una representación universitaria de la “Noche de reyes” de Shakespeare o a la poesía de Auden y Wilfred Owen, cronista y víctima este último de los horrores de las trincheras de la Primera Guerra Mundial, hasta implícitos homenajes a Jane Austen y sus pasiones con la campiña como telón de fondo, o a los certeros análisis de los conflictos de clases de Forster y el Hartley de “El mensajero”. Y, además, el autor introduce la aparición estelar de Cyril Connolly, el gran crítico británico de los años treinta, cuarenta y cincuenta, que escribe una larga carta a Briony en respuesta a un cuento que ella le ha enviado a la revista “Horizon”, que él dirigía; una carta que no sólo es un homenaje a Connolly, sino que sirve a McEwan para plantear una irónica autocrítica a su novela y apuntar su idea de la literatura. Y, como culminación de esta sucesión de guiños literarios, la parte final, en la que el lector descubrirá que tiene en sus manos una novela dentro de la novela.

Pero que nadie se lleve a engaño. “Expiación” no es un mero juego posmoderno de referencias eruditas, no es un libro fríamente cerebral, ni la celebración de una rebuscada arquitectura narrativa al servicio de la mera brillantez formal. Porque más allá de guiños y homenajes, McEwan aborda temas como las dolorosas incertezas de las relaciones humanas, los conflictos de clase, la desolación de la guerra, las arenas movedizas del amor, el remordimiento, la perversidad de la mirada, el poder destructor y redentor de la imaginación y las sutiles y complejas conexiones entre la realidad y la ficción. El resultado es una novela densa, desbordante de matices y sugerencias; un libro inmenso ante el que cualquier lector sensible no puede sino sentirse deslumbrado.





cromets 4:36 p. m.